jueves, enero 10, 2008

El hombre plano (cuento)

Aquel día a Ernesto no le importó que le despertasen los martillazos de los obreros que trabajaban en el piso de arriba, tampoco que se le hubiera derramado el café en la camisa mientras desayunaba. Tampoco que le robaran el último espacio en el ascensor del metro a las 7 y 58 de la mañana, ni que un coche se le atravesara cuando caminaba por un paso de cebra. No. El estaba de muy buen humor ese día, estaba contento...

Había visitado muchas veces la Gran Tienda comparando modelos, informándose sobre las ventajas o desventajas de tal o cual marca... hasta que finalmente había escogido exactamente lo que quería. Y luego de meses de ahorro y privaciones finalmente había llegado el momento de ir a comprarlo.

Recordaba su primer aparato: pequeño, descolorido, sin control remoto si quiera , ni antena digital, ni muchos botones de colores, como los de ahora. Se lo regaló su padre una Navidad para que pudiera ver lo que quisiera en su cuarto. Lo había hecho muy feliz entonces. Pero habían pasado muchos años de eso, y ahora aquel aparatito podría colocarse tranquilamente en un museo.

Con su nueva TV Plasma -de 60 pulgadas, con LCD, de pantalla plana, con DLP, TDT, grabadora/ reproductora de DVD, lectora de tarjetas y 120 formatos más- Ernesto sería la envidia de sus amigos. Cada vez que invitase gente a casa podrían ver -sin perderse un sólo detalle- los partidos de fútbol, las películas y los conciertos de sus grupos favoritos con el máximo de calidad. Sería como estar ahí, en la sala, en la cancha, en el coliseo, como estar en el mismísimo lugar donde ocurren los hechos.

No pudo pensar en nada más aquella tarde. No le importó que su jefe lo regañara por llegar tarde a su trabajo, tampoco le importó que su madre le telefoneara para decirle que el médico le había dicho que sufría una enfermedad muy delicada, finalmente tampoco le prestó mucha atención a su novia cuando le dijo que ya no le quería como antes.

Recordaba haber entrado a la Gran Tienda y preguntado si podía pagar con tarjeta, también recordaba la sonrisa de la vendedora diciéndole que era un modelo muy especial y que era el último que les quedaba, pero no recordaba nada más. Cuando despertó al día siguiente ya era demasiado tarde. No tenia cómo escapar, ni cómo pedir ayuda (porque el volumen estaba demasiado bajo)... pensó en su madre, en su novia, pensó también en su jefe... y rogó porque nadie lo desenchufara.



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