Aquel día a Ernesto no le importó que le despertasen los martillazos de los obreros que trabajaban en el piso de arriba, tampoco que se le hubiera derramado el café en la camisa mientras desayunaba. Tampoco que le robaran el último espacio en el ascensor del metro a las 7 y 58 de la mañana, ni que un coche se le atravesara cuando caminaba por un paso de cebra. No. El estaba de muy buen humor ese día, estaba contento...
Había visitado muchas veces la Gran Tienda comparando modelos, informándose sobre las ventajas o desventajas de tal o cual marca... hasta que finalmente había escogido exactamente lo que quería. Y luego de meses de ahorro y privaciones finalmente había llegado el momento de ir a comprarlo.
Recordaba su primer aparato: pequeño, descolorido, sin control remoto si quiera , ni antena digital, ni muchos botones de colores, como los de ahora. Se lo regaló su padre una Navidad para que pudiera ver lo que quisiera en su cuarto. Lo había hecho muy feliz entonces. Pero habían pasado muchos años de eso, y ahora aquel aparatito podría colocarse tranquilamente en un museo.
Con su nueva TV Plasma -de 60 pulgadas, con LCD, de pantalla plana, con DLP, TDT, grabadora/ reproductora de DVD, lectora de tarjetas y 120 formatos más- Ernesto sería la envidia de sus amigos. Cada vez que invitase gente a casa podrían ver -sin perderse un sólo detalle- los partidos de fútbol, las películas y los conciertos de sus grupos favoritos con el máximo de calidad. Sería como estar ahí, en la sala, en la cancha, en el coliseo, como estar en el mismísimo lugar donde ocurren los hechos.
No pudo pensar en nada más aquella tarde. No le importó que su jefe lo regañara por llegar tarde a su trabajo, tampoco le importó que su madre le telefoneara para decirle que el médico le había dicho que sufría una enfermedad muy delicada, finalmente tampoco le prestó mucha atención a su novia cuando le dijo que ya no le quería como antes.
Recordaba haber entrado a la Gran Tienda y preguntado si podía pagar con tarjeta, también recordaba la sonrisa de la vendedora diciéndole que era un modelo muy especial y que era el último que les quedaba, pero no recordaba nada más. Cuando despertó al día siguiente ya era demasiado tarde. No tenia cómo escapar, ni cómo pedir ayuda (porque el volumen estaba demasiado bajo)... pensó en su madre, en su novia, pensó también en su jefe... y rogó porque nadie lo desenchufara.
jueves, enero 10, 2008
La muerte de un pitufo (cuento)
De todas las veces que FOrtachón se había ido de juerga con su compadre el Poeta no recordaba ninguna como esta. Con el pretexto de la calor habían empezado a beber cerveza desde la mañana. Luego al mediodíafueron a "El Chiringuito de la PItufina" a comer mariscos, los que acompañaron con hartas botellas de vino tinto, mismo que bebieron como si fueran cosacos, como si quisieran apagar una sed de años, un incendio originado por la erupción de un volcán dentro de sus estómagos.
Cuando salieron de ahí iban ya tambaleándose, sin embargo se fueron a seguirla a los bares de mala muerte que estaban en las afueras de la villa. Cuando les hubieron cerrado el último de los locales -donde incluso les tiraron aserrín- el Poeta dijo "en mi casa tengo una botella de whiskey que me regalaron la otra vez, vamos por ella", así que se fueron para allá y estuvieron bebiendo hasta que al Fortachón le entraron los diablos azules y se puso violento por lo que su compadre tuvo que echarlo antes de que le destruyera la casa.
Luego de andar varios kilómetros, sólo, mareado y en la oscuridad del bosque dióse cuenta el beodo de que le sería imposible regresar a casa en ese estado, así que se refugió en lo que él creyera ser el tronco de un árbol viejo y se acomodó como pudo para pasar la noche. Ahí se encontró calientito y se durmió como una piedra ni bien juntar los ojos.
Al despertar no supo dónde estaba, ni cómo había llegado hasta ahí, todo le resultaba muy extraño. EL mismo incluso se notó diferente a pesar que no pudo explicarse en qué era lo que había cambiado. Su cuerpo se había ensanchado, pero no estaba más gordo. Las cosas a su alrededor parecían más reales, los colores más vividos, y las texturas más delineadas, sin embargo había algo que no estaba del todo bien... ¿dónde estaba?, ¿y qué era aquella cosa que había confundido con el tronco de un árbol?, ¿qué tan lejos había llegado la noche anterior?, y sobre todo "¿cómo?". ¿Acaso habría abandonado el bosque?, ¿habría muerto?, ¿alucinaba aun a causa del alcohol y los tabacos del día anterior?
¿Existiría acaso un mundo paralelo al que había conocido siempre, uno más allá del papel y los lápices de colores? Podía ser, después de todo, muchas historias se tejían al respecto. Antiguas historias de bestias mitológicas y seres enormes que habitaban en los confines de Pitufilandia y que devoraban a a todo aquel que osase ir más allá de ella. HIstorias en las que él nunca había creído desde luego.
AUnque eso estaba a punto de cambiar...
EN ese preciso instante como si de un terremoto se tratase sintió toda la tierra alrededor suyo sacudirse, oyó algo que le pareció ser el rugir de algún animal enorme y vio como si una especie de mano descomunal fuese a posarse sobre él. LLeno de pánico tembló y se meó en los pantalones, vamos que su miedo fue tal que se paralizó por completo. TOdo menos su mente.
Dios mio -pensó entonces- si me ayudas ahora nunca volveré a beber así. Te lo prometo.
No había terminado de pronunciar mentalmente aquellas palabras cuando súbitamente se vió lanzado por los aires iendo a parar estrepitosamente contra el suelo. NO tuvo tiempo ni de incorporarse. La sombra de algo que le pareció ser un zapato gigantesco fue lo último que vió. Bueno, él se imaginó que podía ser un zapato, aunque en momentos como ese -lógicamente- uno no puede pensar con mucha claridad que digamos. También podía haber pensado que se trataba de algún pie, un árbol, o cualquier otra extremidad de algún ser horrible. Pero no alarguemos demasiado el asunto... como decía "la sombra de algo que le pareció ser un zapato gigantesco fue lo último que vió", antes de que se le apagasen las luces.
Cuando salieron de ahí iban ya tambaleándose, sin embargo se fueron a seguirla a los bares de mala muerte que estaban en las afueras de la villa. Cuando les hubieron cerrado el último de los locales -donde incluso les tiraron aserrín- el Poeta dijo "en mi casa tengo una botella de whiskey que me regalaron la otra vez, vamos por ella", así que se fueron para allá y estuvieron bebiendo hasta que al Fortachón le entraron los diablos azules y se puso violento por lo que su compadre tuvo que echarlo antes de que le destruyera la casa.
Luego de andar varios kilómetros, sólo, mareado y en la oscuridad del bosque dióse cuenta el beodo de que le sería imposible regresar a casa en ese estado, así que se refugió en lo que él creyera ser el tronco de un árbol viejo y se acomodó como pudo para pasar la noche. Ahí se encontró calientito y se durmió como una piedra ni bien juntar los ojos.
Al despertar no supo dónde estaba, ni cómo había llegado hasta ahí, todo le resultaba muy extraño. EL mismo incluso se notó diferente a pesar que no pudo explicarse en qué era lo que había cambiado. Su cuerpo se había ensanchado, pero no estaba más gordo. Las cosas a su alrededor parecían más reales, los colores más vividos, y las texturas más delineadas, sin embargo había algo que no estaba del todo bien... ¿dónde estaba?, ¿y qué era aquella cosa que había confundido con el tronco de un árbol?, ¿qué tan lejos había llegado la noche anterior?, y sobre todo "¿cómo?". ¿Acaso habría abandonado el bosque?, ¿habría muerto?, ¿alucinaba aun a causa del alcohol y los tabacos del día anterior?
¿Existiría acaso un mundo paralelo al que había conocido siempre, uno más allá del papel y los lápices de colores? Podía ser, después de todo, muchas historias se tejían al respecto. Antiguas historias de bestias mitológicas y seres enormes que habitaban en los confines de Pitufilandia y que devoraban a a todo aquel que osase ir más allá de ella. HIstorias en las que él nunca había creído desde luego.
AUnque eso estaba a punto de cambiar...
EN ese preciso instante como si de un terremoto se tratase sintió toda la tierra alrededor suyo sacudirse, oyó algo que le pareció ser el rugir de algún animal enorme y vio como si una especie de mano descomunal fuese a posarse sobre él. LLeno de pánico tembló y se meó en los pantalones, vamos que su miedo fue tal que se paralizó por completo. TOdo menos su mente.
Dios mio -pensó entonces- si me ayudas ahora nunca volveré a beber así. Te lo prometo.
No había terminado de pronunciar mentalmente aquellas palabras cuando súbitamente se vió lanzado por los aires iendo a parar estrepitosamente contra el suelo. NO tuvo tiempo ni de incorporarse. La sombra de algo que le pareció ser un zapato gigantesco fue lo último que vió. Bueno, él se imaginó que podía ser un zapato, aunque en momentos como ese -lógicamente- uno no puede pensar con mucha claridad que digamos. También podía haber pensado que se trataba de algún pie, un árbol, o cualquier otra extremidad de algún ser horrible. Pero no alarguemos demasiado el asunto... como decía "la sombra de algo que le pareció ser un zapato gigantesco fue lo último que vió", antes de que se le apagasen las luces.
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