La verdad es que tengo mis dudas.
Porque parece ser que la muerte (al igual que la vida) sí segrega, discrimina, divide… entre ricos y pobres, creyentes y no creyentes, buenos y malos, cristianos y judíos, musulmanes e hinduistas, panteístas y ateos… como si no fuera lo mismo llegar al cielo (o a donde a uno le toque) en un modesto nicho de piedra, que en un suntuoso palacio de mármol blanco, diferencia que trasladada a vehículos sería algo así como la diferencia entre llegar al cielo en un apretado ómnibus interprovincial y la primera clase de un lujoso vagón de tren en los Alpes suizos… si todos somos seres humanos, hechos por igual de carne y hueso, y a todos nos pasará lo mismo cuando nuestro cuerpo deje de funcionar (nos pudriremos), por qué esa obsesión de algunos (sobre todo al llegar a cierta edad), con encontrar un lugar adecuado para el descanso eterno, y que a veces puede llegar al ridículo, como le pasó a los personajes de aquel cuento de Ribeyro que empeñan hasta lo último que tienen para comprarse un nicho en el cementerio y se quedan viviendo en la calle. Si nosotros no sentiremos nada ya, y nuestro cuerpo no podrá a ir a ningún sitio tampoco… ¿qué no es lo mismo ir a parar al océano que descansar varios metros bajo tierra en una caja de caoba, ocupando un espacio en el que podría haber por ejemplo una casa o una escuela infantil?
Veamos, si en vida fuiste alguien pobre, un esclavo, un sin techo, probablemente no haya ni tumba para ti, pero si fuiste faraón, rey o jefe de una iglesia (también puede leerse mafia) poderosa tus huesos descansarán bajo una pirámide construida durante cientos de años al costo incluso de cientos de vidas humanas, ¿Descansarás mejor por eso?
¿No estaremos viendo la muerte como una simple continuación de nuestras vidas?, porque si de descansar lo mejor posible se trata POR FAVOR, entiérrenme con mis cosas más queridas como hacían por ejemplo los Incas en el pasado… a saber… una tv, un ordenador (con internet) para no aburrirme, uno que otro six-pack de cerveza (trataré de hacerlos durar), y a ser posible sembrar uno que otro árbol de marihuana sobre mi tumba, cosa que si me aburro mucho, sólo tenga que estirar un poco la mano, y sin necesidad de asustar mucho a nadie, pueda liarme un porrito de tanto en tanto. Y ya que la eternidad es larga y la carne (podrida incluso) es débil, enterrar (con disimulo, claro) una muñeca inflable cerca a mi, ya que no poseo esclavas, ni concubinas o esposas que hasta donde yo sepa, sean capaces de enterrarse en vida conmigo, para hacer más placentero mi viaje hasta el misterioso más allá. Y no poner tampoco cruces, o madonnas, ni rollizos angelitos hechos en serie, pintar más bien mi última morada con colores brillantes y alegres. Pero eso si, que combinen bien, que una cosa es querer ser original y otra huachafo. Sería bonito luego que algún graffitero copie algún personaje sacado del Jardín de las Delicias del Bosco y escriba finalmente algo así como: “Somos libres, seámoslo siempre”.
Es sólo una sugerencia desde luego, no pretendo ni mucho menos que imponer a mis dolientes familiares algún epitafio. Ni pretendo tampoco predecir las circunstancias de mi sensible fallecimiento, es más si todo resulta como espero, no quedará de mí ni un pelo, hueso, o rastro de ADN que velar.
Mientras tanto seguiré pensando que los cementerios podrán ser lugares bonitos para pasear, pero no como para quedarse mucho dentro tiempo de uno de ellos.



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