Hace poco un amigo me preguntó cómo se comparaba el Perú a España en eso del racismo, si es que era cierto que en España había más y se veía mal a la gente de color. Y la verdad es que esa no es una pregunta fácil, primero porque no me gusta usar esa palabra (racismo) y segundo porque a lo mejor dos años no es tiempo suficiente para entender algo así. Para contestar a la pregunta traduciré primeramente “racismo” como la existencia dentro de la sociedad de algún tipo de discriminación por causa de nacionalidad, color de piel o rasgos fenotípicos. Pues algo me hace sospechar era eso a lo que se refería mi amigo. Además me limitaré a hablar acerca de lo que he visto por ahí sin considerar para nada las actuales políticas de inmigración -que dicho sea de paso considero inhumanas al violar el derecho a la libre circulación de todas las personas y de una amnesia histórica increíble- que a su manera son una forma de segregación racial gubernamental, en forma de ley.
Para explicarme quisiera mencionar dos casos bien conocidos aparecidos no hace mucho en los medios de comunicación.
1. En Febrero de este año la prensa inglesa denunció a un grupo de aficionados españoles que durante una carrera en Barcelona insultaron al piloto de la Escudería McLaren, de nacionalidad inglesa, Lewis Hamilton refiriéndose a él como “mono” y “negro de mierda”. Los aficionados lo culpaban además de ser el instigador de los problemas que tuvo Fernando Alonso la máxima estrella de la Formula 1 española- con aquel equipo. Los fans se defendieron de las acusaciones de racismo aduciendo que se trataba simplemente de humoradas. Las autoridades indicaron que el mal comportamiento de unos pocos aficionados no significa que la afición de ese país sea racista. La FIA (Federación Internacional de Automovilismo) le jaló las orejas a España y le obligó a lanzar una campaña antirracista llamada Everyrace en todas las competiciones que se dieran en este país. En palabras del diario El Mundo “La FIA amenazó a España con quitarle las dos carreras que organiza en 2008 y el asunto, sobre todo en la influyente prensa inglesa, sacudió el mundo de la Fórmula 1 y escoció a las autoridades españolas, que lo consideraron un acto aislado y no extrapolable a todo la afición local.”
En resumen se desató una verdadera guerra de medios entre los dos países. A los ataques de la prensa inglesa, los medios locales se preocuparon luego de dar a conocer el incidente de presentar unas estadísticas que mostraban que el número de incidentes calificados como racistas en el Reino Unido fue el último año prácticamente el doble del que hubo aquí en España. Luego algunos programas de televisión y noticiarios dedicaron algunas horas a darle vueltas al tema, a salir a la calle y preguntar a la gente qué opinaba, algunos se lo tomaron en serio, otros a la broma y así hasta que ya todo el mundo se olvidó del hecho achacando lo que pasó a una mala interpretación del espiritu deportivo. Meses después otro escándalo se desataría en el mundo del automovilismo cuando el presidente de la F.I.A. seria mostrado en unas fotografías de lo aparentemente serian unas orgías sexuales con estética nazi. Pero ese es otro tema, desde luego.
2. El segundo caso -y el más grave sin duda- ocurrió en Octubre del 2007 y fue el ataque de un hombre de aproximadamente 30 años que sin razón alguna agredió en un tren de Barcelona a una quinceañera ecuatoriana, propinándole insultos xenófobos y algunos golpes en el cuerpo que aunque no le causaron heridas físicas de consideración, sin duda le ocasionarían un grave daño emocional.
Este hecho por su lado no sólo provocó algunos programas especiales, radio, prensa, marchas y manifestaciones, si no que en algún momento llegó a convertirse en un verdadero incidente internacional, que fue tratado al más alto nivel por los políticos de ambos países. A pesar de todo el gallardo españolito fue puesto en libertad –al cabo de un par de días de detención- cosa que inmediatamente fue a festejar al bar del barrio con algunos de sus mejores amigos.
A pesar de que no fue este el desenlace más deseado en este caso, -haciendo un sencillo ejerecicio de imaginación- personalmente creo que en el Perú cualquiera de estos hechos no solamente son el tipo de cosas que ocurren a diario, si no que con seguridad ni de lejos hubiesen logrado obtener una importancia mediática de magnitudes simulares. Cada vez que pienso en aquellas discotecas peruanas a las que no me han dejado entrar y en aquellos restaurantes en los que ni siquiera se dignaron atenderme, me pregunto ¿Dónde será que existe más discriminación?, si pensamos en la cantidad de locales peruanos que a decir verdad no atenderían jamás a la mayoría de peruanos que quisieran acceder a sus servicios, independientemente de cuanto dinero tengan en el bolsillo, la facha que lleven o el comportamiento que tengan, sino guiados simplemente por ciertos indicadores como el nivel de melanina de su piel, la pronunciación de sus pómulos o la docilidad de sus cabellos, (y todos hemos oído hablar alguna vez de algún local de este tipo)… pues resulta que el Perú es un país tan racista que sólo se le podría comparar con los EEUU anterior a la promulgación de los Derechos Civiles y la Sudáfrica antes de Mandela.
En todo el tiempo que llevo aquí no he escuchado nunca el caso de alguna de esas lujosas terrazas de la Gran Vía, la calle Alcalá o la Avenida Serrano (la más lujosa de Madrid), o de algún exclusivo restaurante que se haya negado a atender a alguien por causas como la mencionada anteriormente, tampoco en el caso de discotecas, bares o clubes, (aunque en todo caso no puedo hablar de discotecas pues no tengo costumbre de ir a ellas), pero si algo así ocurriera, y esto se supiera, se consideraría que aquel que sigue yendo a este sitio es seguramente algo así como un fascista de mierda. En el Perú los fascistas de mierda van lo más tranquilo por la calle mezclándose con la gente normal, se les considera a menudo “gente bien” y son en muchos casos “el orgullo de la familia”. No se si estaré pecando de cierta incorrección política, exageración, o dejándome llevar por algún resentimiento atávico de esos que la mayoría de los peruanos parece callar permanentemente guiado por esa especie de pacto silencioso que misteriosamente pareciéramos haber jurado todos en algún momento… pero eso sí en las cosas que he dicho no hay nada que me haya inventado, o que de mala fe haya decidido tergiversar. En todo caso, espero haber colaborado -al menos microscópicamente- con mi amigo, en el entendimiento del mencionado asunto.
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