jueves, septiembre 16, 2004

Cuento

Justo discutiamos con una gente de la lista acerca de que tan facil era escribir como Jaime Bayly, pues yo me atrevi a hacer un intento... la pregunta es cuantos millones venderia con cuentos asi?


SED (primera version)

Sed, esa es una de las cosas que definitivamente me provoca esto. Pero no es la única.

Otra cosa que -al menos a mi- la coca me provoca, son las ganas de conversar, pero como no había nadie conocido ahí, ni había regresado ninguno de mis amigos, decidí salir otra vez a la calle y ver con quién me encontraba. Pero antes tenia un asunto que terminar, así que después de terminar mi cerveza y ver un par de videos de rock que pasaron por la tv del local entré otra vez al baño. Se podría decir que mi nariz ya se había acostumbrado a ese olor sanguinolento que te deja la cocaína. Ese polvito blanco tan rico que volvía loca mi cabecita. Me puse un poco en la lengua para saborearla. Parecía cemento, porque me endureció inmediatamente la mandíbula. Ya tenia un paco encima así que podríamos decir que este acabó por crisparme los nervios. Simplemente puse el paco cerca de mi nariz y jalé, y jalé y jalé, hasta que no hubo nada y me chupé el papelito por siacaso. Una pronta inspección a mis bolsillos me reveló que sólo tenia 10 soles más y después de pagar la cerveza sólo me quedarían otros cuatro, con lo cual no me alcanzaría para comprar uno más. Nunca saqué buenas notas en matemática, pero lo que sé me basta para darme cuenta que sea como fuere necesitaba más droga, y urgente. Afuera ya había empezado a hacer un poco de frío y aunque apenas era un poco más de la media noche aun quedaba bastante gente en la calle. ES que Lima no duerme ni siquiera de noche, pensé. Lima duerme mal y en bancas de parques hasta que la policía la bote, Lima duerme sobre cartones sucios, al borde del río Rimac. Algo en mi me hacia sentir como si fuera de mañana, como si fuera un chico de esos que sale de su casa para ir al colegio, sólo que yo sabia que aquella sensación era artificial y al ver mi reflejo de vez en cuando sobre los aparadores y vitrinas de algunas tiendas me daba cuenta que mi rostro era el de un reptil. Tenia los ojos grandes y brillosos, la piel escamosa y al igual que una serpiente no podía controlar el movimiento de mi lengua. Hubiera dado cualquier cosa por un cacho de marihuana para calmarme, pero ya me había subido al carro de la coca y no iba a ser fácil frenar. NO sentía frío ni calor, sin embargo abroché bien mi casaca, me arreglé un poco el pelo y me puse a caminar por el jiron de la Unión. Hasta que di con el Santana, mi amigo el vendedor de collares artesanales, viajero incansable, brichero, galan autóctono, pata de borracheras y lo conminé a que me hiciera unos cuantos pases de coca con sus contactos en el jirón.

-Sólo porque eres mi causa, porque tu sabes que a mi esa cojudez blanca me llega al pincho -me dijo

Una vez hecha la compra regreso -paco en mano- hasta el baño del Una y Mil, al pasar por la barra, le pregunto una vez más al barman si ha visto a mis amigos, a lo que él logicamente contesta que no. Yo pretendo que eso me duele, pero en el fondo me alegra, así no tendre que compartir mi coca con nadie, pienso. Así que entro al baño empujando esas puertas con resortes que me hacen recordar a los bares de las películas del viejo oeste y me meto a uno de los retretes. Ahí pongo seguro a la puerta y me siento, entonces, ciertamente con algo de impaciencia y curiosidad abro uno de los pacos, el otro esta puesto a salvo dentro de mi billetera, entre mi libreta electoral y mi carnet de la biblioteca municipal, es decir entre mi certificado de ciudadanía legal y mi pase de acceso a la cultura nacional. Desdoblo el papel de la coca con cuidado y lo coloco sobre mi palma, ayudado de una de mis llaves cojo un poco de coca como si de la sopa y la cuchara se tratasen y luego aspiro, una fosa primero y luego la otra, dos cucharadas rebosantes. Esta coca está hasta las huevas, pienso maldiciendo mentalmente a l Santana y a sus amigos paseros, toqueros, poseros, así que para asegurarme que me vaya a hacer algo, me jalo todo el paquete ahí mismo entre las cagadas y meadas que han dejado otros en el baño. Me toma al menos 5 sustanciosas dosis por cada fosa acabarme todo el paquete. Mi pobre cerebro tarda un poco en procesar toda esa droga, salgo del baño limpiandome la ñata, feliz, hasta ahí nadie me ha jodido. Siempre he considerado la discreción, como una señal de elegancia. Me echo agua en la cara, toda la que puedo del hilito que sale del caño, me miro la cara en el espejo, la cara de la muerte, pienso. En lo que atravieso la puerta de los vaqueros de nuevo hasta el pasadizo del bar empiezo a sentir los efectos de la travesura que acabo de hacer. Primero que nada está la resequedad en la garganta, tengo que beber algo, pienso.

Y ya. Mi pecho se ha hinchado como si fuera un pavo en Navidad y mis puños me dicen que podría derribar al mismísimo Casius Clay en sus mejores años. La radio esta puesta en una estación caribeña y aunque la salsa no me gusta mucho, de pronto me parece que la que oigo es la canción más hermosa que he oído en toda mi vida. No puedo evitar el menear mi cabeza de un lado para otro mientras me acerco a la barra del local. Una vez ahí me siento y me miro en el espejo un rato, me cuido de no hacer gestos o tics extraños, ya que tengo anestesiados el maxilar y prácticamente toda la mitad inferior de la cara. Enciendo un cigarrillo y pido una chela para no verme fuera de lugar, sabiendo que tendré que hacerla larga, no tanto por el dinero sino porque sé que hace rato que estoy sobre mi límite. Maldita sea, reniego para mi, con las ganas que tengo de emborracharme ahora. Mi cabeza da vueltas, pero de una forma extraña, porque soy completamente conciente de lo que hago, sólo que parece que fuera otro el que hace todo. Golpeo la mesa, resoplo, sudo, volteo a ver la puerta, miro el reloj, canto, me callo, muevo los hombros, miro la palma de mi mano, la superficie de la mesa, el patrón de los parquets del piso. Todo estaba en su sitio y a la vez parecia que algo estaba a punto de explotar. ¡Era increíble que no cambiara nada en todo ese rato!



EN general me aburria, así que me dediqué a pasear frescamente la mirada entre las demás mesas del local, cuando de pronto me topé con la mirada de este chiquillo pálido, de apariencia frágil y que movia las manos como si fueran dos palomas agonizantes. Más de una vez me sorprendí distrayéndome de cualquier estupidez que pudieran estar diciendo aquellos tontos sobre el escenario.
Así que cuando lo vi dirigirse al baño, lo seguí. Primero me paré frente al espejo, pretendiendo que me arreglaba la ropa y cuando no hubo nadie más ahí dentro me paré detrás de él, conchudamente, pegando mi cuerpo al suyo, pegando mi bragueta a su trasero, haciéndole sentir mi bulto, a lo que él no opuso ninguna -o en todo caso muy poca- resistencia. Un momento después lo arrastraba hasta uno de los excusados y le indicaba que me la chupe. El accedió así que se agachó y procedió a la acción. Cuando estuve lo bastante excitado, hice que se diera vuelta y luego de bajarle el pantalón, le dije que se agachara. Luego de un breve forcejeo mi miembro erecto entró en su ano como un palo en la tierra húmeda, lubricado por su saliva y mis liquidos seminales. No tardé demasiado en venirme. Ni bien terminé guardé de vuelta mi pinga en el calzoncillo sin decir si quiera una palabra. No nos dejamos nuestros teléfonos, ni nuestras direcciones, ni nuestros correos electrónicos, tampoco nos dijimos nuestros nombres, ni hablamos de los sitios que más frecuentábamos. Lo único que le dejé fue un grande dolor en el culo y lo único que él me dejó fue el resaqueado miedo de haberme contagiado alguna estupida venera o algo peor, aquella noche.

Pero eso vendría después, la bajada, los remordimientos, los sentimientos de culpa caerían con la noche y con las horas hasta devorarme en vida, pero ahora, ni bien me volvia a acomodar en mi mesa cuando vi acercarse a Cesar, al Ochoa y a Rocío, muy sonrientes, como si fuera muy divertido esperarlos.

Sin embargo me mantengo calmado, muy calmado.

-¿Y, qué te cuentas? -pregunta Rocio

-Carajo, llevo horas aquí sentado esperándolos aburrido... a ver si al menos se ponen una cerveza, no?


a.z.

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