La Mezquita del centro de la ciudad merece un capítulo aparte. Yo nunca había entrado a una, ya que no soy musulmán, vamos ni siquiera soy religioso. Pero claro, no iba a perder la oportunidad de visitar semejante maravilla. Así que quité los zapatos y entré. No sólo eso, sino que accedí al patio interior y me lavé pies y manos, sentado en su fuente, como se supone que hay que hacer. No abrí la boca desde luego, y me mantuve en la misma actitud reflexiva que el resto de hombres parecía tener. Las mujeres no pueden acceder a esta zona. Es más, si quieren rezar han de confomarse con hacerlo en la puerta del recinto. Después de las abluciones, me senté sobre el tapiz del recinto, y comencé a meditar por casi una hora. Mis zapatos descansando a mi lado, se mantuvieron en silencio, dentro de una bolsa de plástico.
jueves, marzo 31, 2011
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