Saben los que me conocen bien que si hay algo de lo que yo no sufro es de la tripa. Que nunca he tenido problemas para ir al baño como Dios manda. Y estar en Marruecos no fue algo que alterase mi ciclo digestivo desde luego. Así que ahí estaba yo en plena plaza Jamaa el Fna con los apuros propios del más ávido devorador de cereales que ha existido nunca. Y como no soy de los que le huyen a la aventura, decidí entrar a un baño público, pagando un Dirham. Y vaya sorpresa que me llevé, pues la habitación era circular, con una fuente en el medio,y alrededor hay unas puertecitas que te tapan apenas un pico por encima de la cintura, luego cuando entras solo hay un hueco en el piso y dos marcas donde entendí que había que poner los pies, pero nada más, y qué carajos hago aquí? me pregunté, ya me iba a regresar al hotel cuando caí en la cuenta de para qué servían esos jarritos que estaban por todas partes y con los que todos entraban al privado. Sólo añadiré que no había jabón en ese sitio, y que evité comer con las manos el resto de la tarde.
jueves, marzo 31, 2011
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